EN EL SERMÓN DE LA MONTAÑA

“Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres…. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo”. (Mateo 5, 13-16)

Ser sal y ser luz. A eso estamos llamados los seguidores de Jesús.

Sal que dé sabor a la sociedad insípida en la que vivimos; a la sociedad que, siendo cristiana, o diciendo que es cristiana, ha perdido su consistencia, su identidad, y se deja llevar, sin oponer resistencia, por el ansia indiscriminada de placer, de consumir, de poseer.

Luz que ilumine el mundo y a todos y cada uno de los hombres y mujeres que lo habitan; a los hombres y mujeres que caminan en la oscuridad, sin saber a ciencia cierta hacia dónde van; a los hombres y mujeres que han perdido su rumbo y son arrastrados por el ambiente, porque no tienen claro para qué fueron creados, ni por qué y para qué viven.

Pero no se trata de una imposición. Jesús nunca obliga a nadie a nada. Jesús nos muestra qué es lo mejor para nosotros, y nos invita a hacerlo parte de nuestro ser y de nuestra vida. Nos motiva con amor y comprensión, para que hagamos lo que más nos conviene, lo que nos hace crecer espiritualmente, lo que nos ayuda a construirnos como personas, y muy especialmente como hijos de Dios.

Ser sal y ser luz es nuestra identidad cristiana y católica, y debemos realizarla y protegerla todos los días de nuestra vida.

Ser sal y ser luz es la misión que nos ha sido confiada; la tarea que de todos los días, de todas las horas, de todos los instantes.

Ser sal y ser luz es lo que Dios desea que seamos, lo que espera de todos y cada uno de nosotros, lo que el mundo en el que vivimos necesita.

Proteger nuestra identidad cristiana no es, ni mucho menos, esconderla. Al contrario. Es ejercitarla, ponerla a funcionar. Sólo de esta manera puede crecer y desarrollarse adecuadamente, como le corresponde. Si simplemente la guardamos, con el pretexto de no ponernos en peligro de perderla, palidecerá y morirá por falta de oxígeno, por falta de actividad. Y al morir ella, también nosotros moriremos un poco, porque perderemos una parte de nuestra esencia.

“Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo…”

Una invitación… una llamada…

Un reto… Un desafío…

Un programa de vida…

Una tarea para todos los días y todos los momentos.

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“Si estás para presentar tu ofrenda en el altar, y te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja allí mismo tu ofrenda, y vete antes a reconciliarte con tu hermano; después vuelve y presenta tu ofrenda” (Mateo 5, 23-24)

Nuestra educación católica ha sido en gran medida ritualista. En este sentido y por esta razón, muchas personas consideran que lo más importante de ser católicos es, sin discusión, la asistencia al templo, la participación en la Eucaristía cada domingo, el rezo de oraciones repetidas que muchas veces hacemos mecánicamente, sin darnos cuenta de lo que ellas dicen, y la recepción frecuente y oportuna de los sacramentos.

Sin embargo, para Jesús las cosas son de otra manera. Nos lo demuestran aquí y allá los evangelios, que nos transmiten fielmente sus enseñanzas, en sus palabras y también en sus acciones.

Jesús es claro y directo cuando nos dice, sin disimulos, que lo primero y fundamental, es siempre el amor y el servicio a las personas que están a nuestro alrededor; el amor que incluye el perdón, la misericordia y la compasión, sin límites ni condiciones; el servicio que busca siempre y claramente el bien del otro, su desarrollo como persona y su realización en todos los sentidos.

El amor y el perdón son absolutamente necesarios en la vida cristiana auténtica. Nadie puede decir que es seguidor de Jesús, si mira con indiferencia a las demás personas, o si tiene odios y rencores en su corazón y no hace nada para superarlos y restablecer las relaciones de fraternidad que han sido rotas. Otra cosa es que a la hora de rehacer los vínculos afectivos y de hermandad, esto no sea posible siempre, por alguna circunstancia sobre la cual no tenemos control.

El amor a los demás, es, sin duda, un indicador del amor que tenemos a Dios. Nos lo dice san Juan en su Primera Carta: “El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” (1 Juan 4, 8). Y añade: “Si uno dice “Yo amo a Dios”, y odia a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Pues este es el mandamiento que hemos recibido de Dios: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Juan 4, 20-21).

La oración, la recepción de los sacramentos, las prácticas de piedad, tiene que ser vivificadas por el amor que damos a nuestros hermanos, por las obras de caridad y de servicio que realizamos, por el perdón que damos y que pedimos con humildad.

Sin el amor y el perdón activos y efectivos, la participación en la Eucaristía es una farsa, vacía de sentido, porque la Eucaristía es, precisamente, el banquete de la fraternidad, el signo dela unidad que Jesús quiere que vivamos.

Sin el amor y el perdón activos y efectivos, el sacramento de la Reconciliación no alcanza su objetivo, que es no sólo conseguir el perdón de Dios, a quien rechazamos con el pecado, sino también, y sobre todo, restaurar las relaciones con aquellos por quienes nos sentimos ofendidos y con quienes han sido ofendidos por nosotros, con una ofensa grave o leve, porque tanto la una como la otra hieren el corazón.

Evidentemente, la práctica del amor y del perdón, no es siempre fácil o cómoda. Exige una gran dosis de humildad, y una enorme fuerza de voluntad, porque ambos – amor y perdón -, más que un sentimiento, son una decisión. Pero uno y otro son posibles cuando nos esforzamos en hacerlos realidad. Basta querer amar y querer perdonar y ser perdonados, y buscar ese perdón con todo el ardor de nuestro corazón. Dios acepta nuestras buenas intenciones, aunque muchas veces, por diversas circunstancias, no alcancemos plenamente eso que deseamos y esperamos. Le interesa más nuestra entereza espiritual, que los resultados de nuestras acciones, sobre todo cuando ellos no solo dependen de nosotros sino también de otras personas, como en el caso del perdón.

Tengamos muy presentes en nuestra mente y en nuestro corazón, estas palabras de Jesús, y tratemos de hacerlas realidad cada día, para que nuestra fe no sea una fe simplemente teórica, una fe ritualista y fría, sino una fe verdaderamente vivida, una fe que nos lleva más allá de los muros del templo, allí donde Dios quiere que lo hagamos presente.

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“Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. Y si tu mano derecha es para ti una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena”. (Mateo 5, 29-30)

Jesús tiene ideas claras. Y su modo de expresarlas es también claro y directo. Tal vez demasiado claro y demasiado directo para el gusto de muchos de quienes nos decimos cristianos, y estamos acostumbrados a darle vueltas a las cosas para escabullirnos y no tener que tomar decisiones; para mantenernos en la tibieza de la rutina, que es más cómoda y nos exige menos esfuerzo y menos riesgo.

En muchas ocasiones, Jesús utiliza parábolas, alegorías, o metáforas, para darle fuerza al mensaje que quiere transmitir, y que siempre es para él cuestión muy importante.

“Si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo… Y si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala y tírala…”

No se trata, ni mucho menos, de que para servir a Dios con sinceridad y fidelidad, como él se lo merece, y como es bueno y oportuno para nosotros, tengamos que mutilar nuestro cuerpo físico, que es parte de nuestra integridad esencial como hombres y como mujeres. ¡Sería una contradicción! Se trata simple y llanamente, de que nuestra lucha contra el mal y el pecado, que nos acosan,  nos desestabilizan y  nos hacen perder el rumbo, tiene que ser
radical y definitiva, y debemos empeñar en ella todas nuestras capacidades y todas nuestras fuerzas, con el fin de obtener los mejores resultados.

No se gana la batalla contra el mal usando “pañitos de agua tibia”, de la misma manera que no se vence el cáncer con una simple cataplasma, sino que es necesario aplicar un fuerte tratamiento de quimioterapia o de radioterapia, que destruya definitivamente las células malignas e impida su reproducción alocada.

El pecado es el cáncer del alma, y daña todo lo que encuentra a su paso. Para vencerlo hay que tener una gran determinación y hacer un enorme esfuerzo de voluntad y de acción, semejante al que implicaría arrancar del propio cuerpo uno de sus miembros o de sus órganos, porque está enfermo y puede llevar la enfermedad a los demás. No se puede pensar en lo que se pierde, sino en lo que se puede llegar a conseguir, en lo que se puede ganar, que será sin duda, mucho más valioso que lo que se ha sacrificado.

Vale la pena que saquemos un tiempo y pensemos qué cosas de nuestra vida, qué costumbres, qué amistades, qué actividades, nos están alejando de Dios, y por ende, nos están hundiendo en el abismo del mal, y una vez las tengamos detectadas, tomar decisiones drásticas al respecto.

El Bien, Dios que es el Sumo Bien, lo justifica todo. Hasta los más grandes sacrificios y los más denodados esfuerzos.

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“Cuando ustedes digan “sí”, que sea sí, y cuando digan “no”, que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno”. (Mateo 5, 37)

Estas palabras de Jesús son especialmente significativas para nosotros, en este tiempo que vivimos.

Jesús nos pide que nuestras palabras sean siempre verdaderas y que nuestras acciones sean honestas, de tal manera que coincidan las unas con las otras, y nosotros seamos personas coherentes.

Y nos pide también, que digamos solo lo que es estrictamente necesesario, sin acudir al juramento o a la elocuencia para justificarnos a nosotros mismos, “explicando” nuestras acciones y conductas.

La vida nos lo muestra con toda claridad. Todos hemos sido testigos de ello. La verdad siempre llega a saberse, y nosotros honramos a Dios de una manera especial, cuando somos veraces, y cuando nos contentamos con dar nuestro testimonio simple y llanamente, sin  añadirle explicaciones que sobran.

La sinceridad es precisamente esto: hablar sin dar vueltas a lo que uno dice, y sin abusar de las palabras, que muchas veces lo que hacen es encubir las reales intenciones de nuestro corazón, y dificultar a los demás la comprensión de lo que oyen. No por hablar mucho se dicen cosas mejores. Al contrario. En muchas ocasiones las palabras que sobran enredan lo que es simple y complican lo que es sencillo, y ponen obstáculos a la comunicación. Ya lo dice el refrán popular: “Para buenos entendedores, pocas palabras bastan”.

Cuando hablamos con sinceridad y sencillez, no solo estamos haciendo lo mejor para que nuestra comunicación con los demás sea efectiva y eficaz, sino que también estamos honrando a Dios que es la Verdad, y que se dijo a sí mismo de una manera maravillosa en la persona de Jesús, que se hizo presente en medio de nosotros como un hombre humilde y sencillo, y habló para todos los que le escuchaban, palabras de Verdad y de Vida.

Cuando hablamos con sinceridad y sencillez, sin mucha palabrería que confunde y que cansa, estamos honrando a Jesús, Palabra del Padre dicha con amor y benevolencia, para la salvación de todos los hombres y mujeres del mundo.

Cuando hablamos con sinceridad y sencillez, diciendo solo lo que hay qué decir y en el momento justo, estamos mostrando nuestro respeto por las personas que nos escuchan, que tienen todo el derecho a comprender lo que les decimos.

Tomemos conciencia de esta verdad, y tratemos de ponerla por obra en nuestra vida cotidiana. Muy pronto veremos los resultados.

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“Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo les digo: No resistan al malvado. Al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacrete un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te digo que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él. Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que te pide algo prestado” (Mateo 5, 38-42)

Extrañas palabras de Jesús.

Extrañas y difíciles de realizar, porque exigen de nosotros una gran dosis de humildad y de generosidad, para las que generalmente no estamos preparados.

Es más fácil, obviamente, actuar como lo enseña la ley del Talión: Ojo por ojo y diente por diente. En una correspondencia recíproca; devolviendo a cada uno lo que nos ha dado, bueno o malo. Es la justicia verdaderamente “justa”, podríamos decir.

Pero Jesús quiere que quienes somos sus seguidores vamos más allá; que crezcamos espiritualmente; que nos hagamos más humanos, obrando con los demás como Dios obra con nosotros. Dios que es infinitamente humilde y generoso con todos; Dios que nos da mucho más de lo que merecemos, y nos lo da gratuitamente, sólo porque somos sus hijos y nos ama infinitamente.

Vivimos en una sociedad egoísta, en la que cada uno intenta defenderse con lo que es y con lo que tiene, buscando primero que todo su bienestar personal y la realización de sus deseos y necesidades. Y sólo en segundo o tercer lugar, atender las necesidades de los demás, aunque éstas sean más importantes y urgentes que las propias.

Sin embargo, si queremos ser verdaderos discípulos de Jesús, es necesario que cambiemos nuestro modo de pensar y actuar. Que empecemos a poner por encima de nuestros deseos y de nuestras necesidades, los deseos y necesidades de quienes viven a nuestro alrededor; los deseos y necesidades de todas las personas que sufren por cualquier causa, particularmente de quienes son víctimas de la injusticia, a quienes podemos socorrer espiritual y/o espiritualmente, muchas veces más fácilmente de lo que creemos.

No se trata, de ninguna manera, de que permitamos que los demás abusen de nuestra voluntad y disposición de ánimo, como a primera vista puede parecer a alguien que no está familiarizado con el mensaje de Jesús. Se trata de mantener los ojos abiertos, los oídos atentos, y el corazón sensible a toda necesidad material o espiritual, para socorrer a quien la padece con prontitud, de tal manera que la vida de todos sea cada vez más digna y más humana, como es el deseo de Dios para todos los hombres y mujeres del mundo, porque todos somos sus hijos, y por lo tanto, hermanos unos de otros.

La generosidad que tengamos con quienes nos rodean, será siempre correspondida por Dios, y con creces, porque Él no se deja ganar en generosidad. Además, con lo que nos ha dado, ya es suficiente, porque todo ha sido gratuito y no merecido, como muchas veces pensamos. Delante de Dios no merecemos nada. Él todo nos lo da gratis, como se da gratis el amor cuando es verdadero.

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Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. (Mateo 6, 1-4)

Nos movemos en el mundo de las apariencias. ¡Cuántas cosas hacemos por aparentar, por aparecer ante los otros como “los más”; por evitar una crítica, por buscar tener un “buen nombre”, por conservar una imagen! ¡Hasta pretendemos conquistar a Dios de la misma manera: haciendo lo que nos parece que es llamativo para él y pregonándolo a los cuatro vientos, sin darnos cuenta de que él nos es como , no actúa como nosotros, precisamente poque es Dios y en él todo es verdad, todo es realidad.

Nos gusta mostrarnos como personas buenas, de costumbres sanas, cumplidoras de las leyes; personas piadosas, “caritativas”, disponibles para ayudar “en lo que sea”; personas sinceras y respetuosas de los demás en grado sumo. Sin embargo, y a la hora de la verdad, nuestra bondad llega hasta el día en el que alguien nos hace o nos dice algo que hiere nuestro ogullo; nuestra piedad, hasta que nuestra vida deja de ser cómoda, o encontramos otra cosa mejor o más agradable para hacer, que simplemente ir a la iglesia; nuestra disponibilidad para ayudar, hasta que se presenta alguien que no nos cae bien, “con ideas muy distintas” a las nuestras; nuestra generosidad, hasta que deja de hacerse lo que nosotros decimos; nuestro respeto por los demás, hasta que aparecen las oportunidades y
los motivos para el chisme y la murmuración.

La búsqueda de la consideración de los demás, la busqueda de honores y recompensas, de fama y reconocimiento, tienen raíces profundas en nuestro corazón “torcido”, y es preciso llegar hasta ellas para arrancarlas. Si no lo hacemos con prontitud, se convertirán en un obstáculo permanente en nuestra relación con Dios y en nuestra relación con los demás, y
por lo tanto también, en nuestro crecimiento personal y en nuestra madurez espiritual.

Jesús lo dijo en muchas ocasiones y de muchas maneras, y lo hizo palpable para nosotros en su vida: Dios no necesita de nosotros obras muy grandes, acciones excepcionales; Dios no busca en nosotros héreoes para potagonizar una película de acción y aventura. Lo que Dios quiere, Lo que Dios busca, lo que Dios espera de nosotros, por encima de todo, es que tengamos un corazón sincero, un corazón humilde y sencillo, un corazón abierto y disponible, y que haya plena coherencia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos.

Tenemos que tener siempre presente en nuestra mente y en nuestro corazón, que quien trabaja para conseguir el respeto, la admiración, los honores de los demás, solo eso tendrá. En cambio, quien busca agradar a Dios y realizar en todas las circunstancias de su vida, su voluntad de amor y de salvación, podrá conseguir además, muy seguramente, el amor de quienes lo rodean, que es infinitamente más valioso que la simple consideración.

Una pregunta suelta: ¿Cómo te ves en este aspecto de la vida? ¿Cómo eres tú? ¿Qué necesitas cambiar para hacer realidad estas palabras de Jesús?…

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Nadie puede servir a dos señores: necesariamente odiará a uno y amará al otro; o bien, cuidará al primero y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero” (Mateo 6, 24)

Nadie puede servir a Dios y al Dinero.

Y tampoco a Dios y al Poder.

O a Dios y a la Fama.

El corazón humano sólo tiene lugar para un Dueño.

Si elegimos a Dios, todo lo demás queda fuera, en un segundo o tercer plano.

Si elegimos el Dinero, el Poder, la Fama, o cualquier otra cosa semejante, es Dios quien queda relegado.

Y tenemos que escoger. No hay de otra.

No podemos pretender, como decimos en el lenguaje familiar, “quedarnos con el pan y con el queso”, porque nos arriesgamos a perderlos a ambos.

La vida exige definiciones.

La fe exige definiciones. De lo contrario no es verdadera fe.

Dios no puede ser para nosotros simplemente un “tapa huecos”, a quien recurrimos sólo cuando lo demás nos falla, o deja de satisfacernos.

Él merece un lugar exclusivo y propio.

Un lugar que realmente le pertenezca.

Un lugar donde Él sea lo que es.

Un lugar donde pueda ejercer su señorío con lujo de detalles.

Un lugar donde pueda ser Dios a plenitud.

Tenemos que pensar mucho en estas palabras de Jesús y confrontar con ellas nuestro ser y
nuestra vida.

El Dinero se acaba en cualquier momento.

El Poder no es nunca absoluto y trae consigo innumerables problemas.

La Fama se va de la misma manera que llega.

Sólo Dios permanece en su Verdad y su Amor.

Si nos decidimos por Dios, que sea para siempre y con todo lo que somos y tenemos.

Honestidad y fidelidad es lo mínimo que se nos pide.

Pero somos frágiles y volubles, y es Dios el único que puede sostenernos en nuestra decisión.

Por eso debemos orar constantemente e implorar su ayuda.

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“No juzguen, para no ser juzgados. Porque con el criterio con que ustedes juzguen se los juzgará, y la medida con que midan se usará para ustedes. ¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Deja que te saque la paja de tu ojo”, si hay una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano.” (Mateo 7, 1-5) 

Es una inclinación que tenemos todos: juzgar la conducta de los demás. Lo que hacen, lo que dicen, lo que dejan de hacer y lo que dejan de decir.

Y generalmente lo hacemos con dureza. O al menos con más rigor del que tendríamos con nosotros mismos.

Es fácil juzgar a los otros y condenarlos. Los juicios se hacen desde afuera y no tienen en cuenta las circunstancias especiales de quien es juzgado, ni su interioridad: sus motivaciones, sus intenciones, sus limitaciones, su fragilidad, sus condicionamientos.

Pero si somos sinceros, tenemos que reconocer que cuando juzgamos, la mayor parte de las veces nos equivocamos. Si no totalmente, sí en buena medida.

Por eso Jesús nos invita a nojuzgar a nadie. A no sentirnos con derecho a condenar a nadie por lo que vemos o dejamos de ver, por lo que oímos o dejamos de oír.

Sólo Dios puede juzgar, porque es el único que conoce a cada persona hasta su más profunda intimidad. Nosotros sólo vemos las apariencias, y “las apariencias engañan”, dice el refrán popular. “Caras vemos, corazones no sabemos”.

He aquí un buen propósito para la vida: Relacionarnos con los demás con sencillez y naturalidad,

  • sin atrevernos a poner en entredicho su conducta,
  • respetando su intimidad,
  • acogiendo con misericordia sus debilidades,
  • aceptando sus limitaciones.
  • rechazando de plano la tentación de sentirnos mejores que ellos, imponiendo a su conducta nuestras creencias personales, como criterio de valoración universal.

Siempre que juzgamos a los demás, estamos actuando con soberbia.

Dejemos los juicios a Dios, que es el único que puede juzgar con idoneidad, porque es el único que con su sabiduría puede penetrar los corazones, y porque su su amor y su bondad son infinitos.

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“Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.” (Mateo 7, 12)

La llaman la regla de oro, y lo es efectivamente. ¡Lástima que no la tenemos tan presente como deberíamos! Si lo hiciéramos, nuestra vida y la vida de quienes nos rodean, sería totalmente distinta. El mundo entero sería diferente. ¡Infinitamente mejor!

Hacer a los demás lo que queremos que ellos nos hagan a nosotros. Tratar a lo demás como queremos que ellos nos traten. Así no sólo ponemos un límite preciso a nuestras palabras y a nuestras acciones, sino que nos volvemos activos en la búsqueda y en la realización del bien; dejamos de hacer lo malo, o de no hacer nada, y nos dedicamos a hacemos lo bueno.

  • Nos gusta que los demás nos respeten, entonces nos hacemos personas respetuosas.
  • Nos gusta que los demás sean justos con nosotros, entonces nosotros hacemos de la justicia una norma en nuestras relaciones con los demás.
  • Nos gusta que los demás nos digan siempre la verdad, entonces nosotros  realizamos todos los esfuerzos necesarios para ser siempre y en todo, personas honestas y veraces.
  • Nos gusta que los demás nos acojan y nos manifiesten su aprecio y su cariño, entonces nos tratamos de ser siempre personas acogedoras y cariñosas con todos.
  • Nos gusta que nos escuchen y que nos tengan en cuenta; entonces nosotros nos hacemos personas que saben escuchar a los demás y darles un lugar en nuestro corazón y en nuestra vida.

Se trata simplemente de conocernos bien a nosotros mismos y deducir que lo que es bueno y oportuno, deseable, constructivo, estimulante y enriquecedor para nosotros, es también bueno, oportuno, deseable, constructivo, estimulante y enriquecedor para las otras personas, porque compartimos con ellas la misma naturaleza, y tenemos los mismos anhelos y los mismos derechos.

Los cristianos no sólo estamos llamados a evitar el mal, como a veces pensamos, sino también, y sobre todo, a hacer el bien en la mayor medida posible.

Hacer el bien constantemente y a todas las personas, para contrarrestar el mal que hacen otros, y equilibrar la balanza.

¡Y no tienen que ser cosas muy grandes, acciones heroicas! Las cosas pequeñas de la vida cotidiana se vuelven grandes y valiosas cuando se realizan con amor, y cuando la intención fundamental es construir con Jesús, el reinado de Dios.

Así que… ¡manos a la obra!

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“Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran” (Mateo 7, 13-14).

Vivimos en la sociedad de la comodidad y del placer.

Constantemente se nos dice por todos los medios y de todas las maneras, que nuestra tarea fundamental, aquí en el mundo, es conseguir el mayor bienestar posible, porque es precisamente ese bienestar, el que nos hará personas felices, y la felicidad es el gran objetivo de nuestra vida y de la vida de todos los hombres y mujeres del mundo.

Pero leyendo los evangelios nos encontramos otra cosa totalmente distinta.

Jesús nos enseña que la felicidad a la que los seres humanos debemos aspirar, es mucho más que el simple bienestar que nos dan la vida tranquila y cómoda, y las posesiones materiales.

La verdadera felicidad no proviene de las riquezas, ni de lo que con ellas podemos comprar, porque este mundo es pasajero y dura poco, y a la hora de la muerte, nada podemos llevarnos.

La verdadera felicidad, la única a la que los seres humanos debemos aspirar; la única que debemos buscar, porque llega a lo más profundo del corazón, y es durable en el tiempo, tiene su origen y fundamento en Dios, y se vive en la relación íntima con él, y en la fraternidad con quienes nos rodean, aunque esto signifique en algunos momentos y circunstancias, dolor y sacrificio.

Es fácil, agradable y seguro, vivir la vida entrando por la puerta ancha de la comodidad, del bienestar físico, del tener todo lo que se desea.

Es difícil, doloroso y produce temor, vivirla entrando por la puerta estrecha de la sencillez, de la austeridad, y del sacrificio.

Sin embargo, la primera – la puerta ancha – nos conduce a lugares y circunstancias en los cuales nuestra condición de cristianos, discípulos y seguidores de Jesús, puede verse afectada gravemente, e incluso muchas veces, en peligro de perderse.

La segunda – la puerta estrecha -, en cambio, nos llevará siempre a sitios en los cuales esa misma condición será reforzada y plenificada. Por esto, precisamente, tenemos que esforzarnos por encontrarla, entrar por ella, y seguir el camino que señala.

Ser cristianos de verdad, como Dios quiere que seamos, no es, sin duda, cosa fácil; menos aún, en los tiempos en los que nos ha tocado vivir; pero sí es posible. Lo único que necesitamos es decidirnos a serlo y ponernos en las manos del Señor. Él hará lo demás, comunicándonos sus dones y sus gracias, que nos fortalecen,  nos transforman, y nos capacitan en este sentido.

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