A LOS DISCÍPULOS

“Cuando Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: – ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?…. Ellos dijeron: – Unos, que Juan el Bautista, otros, que Elías, otros, que Jeremías o alguno de los profetas. Les dice Jesús: – Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?… “ (Mateo 16, 13-15)

Asumamos esta pregunta como si Jesús nos la hiciera personalmente a cada uno, hoy y aquí, y nos apremiara a responderle.

Desglosémosla un poco para que nos sea más fácil contestarla, y también para que lo hagamos con más precisión y con más conciencia.

  • ¿Quién es Jesús para mí?…  ¿Qué representa en mi vida?…
  • ¿Qué lugar ocupa en mi corazón y en mis pensamientos?…
  • ¿Lo conozco personalmente?…  ¿Lo busco?….
  • ¿Tengo trato con él?… ¿Cómo es ese trato?…
  • ¿Siento que lo necesito?… ¿Por qué?… ¿Para qué?…

Las preguntas nos ayudan a concretar nuestros pensamientos y nuestros sentimientos. Pero tenemos que responderlas con sinceridad y hacerlo ahora mismo. ¡Ya!  No vale aplazarlas por ningún motivo.

De las respuestas que demos dependen muchas cosas. La primera de todas: nuestra misma vida, porque Jesús es quien le da a la vida humana su verdadero y más profundo sentido.

Busquemos un tiempo y un lugar especiales para sentarnos a pensar.

Hagámoslo en tono de oración.

Procuremos no dar respuestas rápidas, sin fundamentación. Que toda respuesta tenga su base, su razón de ser, su explicación.

Y al final, añadámosle otra pregunta no menos importante y decisiva:

  • ¿Qué estoy dispuesto a hacer por Jesús?…
  • ¿Hasta dónde soy capaz de llegar por él?…

Es una exigencia de nuestro ser de cristianos, tener ideas claras a este respecto. Porque ser discípulo de Jesús es más, mucho más, que haber recibido el Bautismo, ir a Misa cada domingo, y rezar una novena o un rosario cuando tenemos una necesidad urgente.

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“De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos viéndolo andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: Ánimo, soy yo. ¡No tengan miedo!”  ( Mateo 14, 24-27)

La fe, cuando es verdadera, nos aleja del miedo, y nos da alas para volar muy alto.

Porque la verdadera fe, la fe que Jesús quiere que nosotros tengamos, es búsqueda constante, es riesgo, es novedad, es anhelo insaciable de Dios.

Imposible imaginar una fe verdadera que sea a la vez cómoda; que se contente con lo que es, con lo que cree y con lo que sabe.

Imposible imaginar una fe verdadera que sea pasiva, que se mantenga quieta, que no motive a buscar algo más, a ir cada vez más allá, que no mueva a una vida cada vez más comprometida con aquello que cree.

Está fuera de toda duda. Cuando creemos de verdad queremos saber más de aquello que es el objeto de nuestra fe; penetrar más profundamente en lo que creemos; entregarnos más a la verdad que conocemos y aceptamos; confiar más en el Dios que motiva nuestra fe.

Los discípulos creían en Jesús, pero su fe era muy débil e insuficiente, porque tan pronto vieron algo a lo que no era “normal”, algo que se salía de lo que hasta entonces habían visto, algo que iba contra lo lógico y razonable, contra lo sabido y experimentado, perdieron la confianza, la seguridad que su Maestro les daba, y apareció en ellos el miedo.

Pero no se trata sólo de milagros, de hechos extraordinarios, inusitados, como en este caso. Es en los hechos cotidianos en los que debemos fijarnos, porque son los más frecuentes para nosotros, los que constituyen nuesrta cotidianidad.

Es fácil creer cuando nuestra vida se desarrolla dentro de lo esperado, dentro de lo que consideramos normal. Cuando todo nos sale bien. Cuando tenemos un adecuado control sobre las personas y los acontecimientos. Pero es difícil seguir haciéndolo cuando las circunstancias se complican y nos sobreviene algo que no esperábamos, o aparece alguien que nos hace daño. Y es precisamente aquí cuando nuestra fe necesita ser más firme
y segura.

La fe es un don de Dios, pero se puede perder si no lo cuidamos, si no la cultivamos, si no hacemos nada para profundizarla y fortalecerla. Por eso hay que orar pidiendo que sepamos creer cada día con una fe más firme,  más informada, más madura. Una fe que nos permita ser lo que tenemos que ser, en este mundo y en este tiempo que nos tocó vivir, tan difíciles para la fe, pero también tan necesitados de ella. Porque la fe, cuando es verdadera, da pleno sentido a nuestra vida.

No nos conformemos con creer lo que creemos con los ojos cerrados. La fe ciega es una fe limitada y muy pobre. Intentemos ir más allá; procurems informar nuestra fe con conocimientos nuevos. Sin miedo. Si nuestra intención es recta, Dios mismo se encargará de cuidar nuestra fe, con gracias abundantes.

El que ama de verdad quiere saber cada vez más sobre el ser amado.

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Jesús se fue a la región de Cesarea de Filipo. Estando allí preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista, otros que eres Elías o Jeremías, o alguno de los profetas”. Jesús les preguntó: “Y ustedes, ¿Quién dicen que soy yo?” Pedro contestó: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Jesús le replicó: “Feliz eres, Simón Bar Jonás, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. (Mateo 16, 13-17)

¿Quién es Jesús para mí?…

Aunque suene repetido decirlo, Jesús es para mí el mejor de los Amigos; el único que nunca me ha fallado, y que, con absoluta certeza, nunca me fallará, aunque yo le falle a él una y mil veces.

Jesús es mi Hermano, el que me enseñó a decirle a Dios “Padre”, y a poner en él toda mi confianza.  El que me cuida y acompaña cada día, a lo largo de mi vida.

Jesús es mi Maestro y mi Guía. El mejor de los maestros, porque todo lo que me enseña, él lo vivió en carne propia, de tal manera que no tengo más que mirarlo para ver qué debo hacer y qué debo evitar.

Jesús es mi Modelo, porque su pensamiento y su vida son para mí el espejo en el que debo mirarme, la imagen que debo reflejar, mientras estoy aquí, en este mundo.

Jesús es para mí la Luz que ilumina las noches oscuras y tormentosas, que de tiempo en tiempo aparecen en mi vida. Siempre que lo invoco viene a mí. Lo sé, aunque no pueda verlo con mis ojos, ni tocarlo con mis manos. Lo siento en mi corazón, y eso me tranquiliza.

Jesús es para mí el Agua Viva que calma mi sed. Cuando lo busco para estar con él, en la oración, él se me hace presente y con su amor colma todos mis anhelos.

Jesús es para mí la Fuerza que necesito para realizar cada día mis labores, para enfrentar mis miedos, para superar mis debilidades, para vencer en todas mis batallas. Y es también mi descanso cada noche, cuando acudo a él fatigada; su corazón es como un lecho mullido en el que puedo recostarme y dormir tranquila.

Jesús es la Fuente de todas mis alegrías, y a la vez, mi mayor alegría. Pensar en él, invocarlo, sentirlo en mi corazón, renueva mi fe y me llena de esperanza y de paz.

Jesús es el Pan que me alimenta cada día y el Vino que me inspira. Cuando lo recibo en la Eucaristía, me comunica su Vida que es la misma Vida de Dios, y en ella y con ella me hace una persona nueva.

Jesús es mi gran Libertador. Desata las ataduras del pecado, que me hace esclava de mi misma, y me salva de la muerte definitiva.

Jesús es Dios y Dios es amor. Jesús me ama como nadie me ha amado y como nadie me amará, y con su amor me enseña a amar a todas las personas que se cruzan en mi camino, aunque confieso humildemente, que no he sido la discípula aventajada que él quiere que yo sea.

Jesús es mi Amigo, mi Hermano, mi Maestro y Modelo, mi Luz, mi Fuerza, mi Libertador; el Agua que calma mi sed de eternidad, la Fuente de mi alegría, el Pan que me alimenta, el Vino que me inspira. Jesús es el Amor que me ama, la Vida que me hace vivir, el Camino que me conduce a la Vida eterna. Jesús es mi Dueño y Señor, mi Dios y mi todo.

Cuando pienso qué sería de mí si un día no me hubiera encontrado con Jesús, si no creyera en él, si no pudiera amarlo, la vista se me nubla y el corazón se me encoge en el pecho. Sin Jesús y su Evangelio, mi vida estaría completamente vacía, y muy seguramente perdería las ganas de seguir viviendo. Por eso trato de crecer cada día en su conocimiento y en su amor.

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“Desde entonces, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándolo aparte Pedro, se puso a reprenderlo diciendo: “¡Lejos de tí, Señor! ¡De ningún modo te sucederá Eso!”. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios!”  (Mateo 16, 22-23).

Todos somos como Pedro: el sufrimiento nos asusta, nos repugna; nuestro propio sufrimiento y el sufrimiento de las personas que amamos; el sufrimiento físico y el sufrimiento espiritual

Sin embargo es ley de la vida, todos tenemos que sufrir; el sufrimiento físico y el sufrimiento espiritual hacen parte de nuestra condición humana, frágil y limitada; son propios de  nuestro ser de criaturas.

Todos los seres humanos, ricos y pobres, sabios e ignorantes, malos y buenos,  tenemos que sufrir; todos sufrimos de una u otra manera, en una u otra etapa de nuestra vida, por una u otra circunstancia.

Nadie, sea quien sea, puede escapar al sufrimiento; ni siquiera Jesús, que siendo Dios, se hizo verdadero hombre como nosotros. Su vida en el mundo tuvo una gran dosis de sufrimiento, tanto físico como espiritual, no solo en la hora de su Pasión y de su Muerte, sino también en todo su desarrollo; basta leer los evangelios con un poco de atención para constatarlo.

Pero el sufrimiento recibido y vivido con fe, como lo recibió y lo vivió Jesús, tiene un gran valor espiritual: nos ayuda a crecer espiritualmente, a madurar sicológicamente, a ser mejores personas. El sufrimiento recibido y vivido con fe, nos lleva a comprender a los demás, y a acercarnos a ellos con sencillez y humildad, para compadecernos de sus sufrimientos y ayudarles a superarlos y a ser mejores.

En su infinita sabiduría, Dios Padre quiso que Jesús se hiciera nuestro Salvador en el sufrimiento y por el sufrimiento, y Jesús aceptó su Voluntad con gran generosidad, resistiendo a la tentación de Satanás, que quería desviarlo de su camino: primero en el desierto, después de su Bautismo en el Jordán, y en esta ocasión, valiéndose de Pedro.

Gracias a la fe valiente y decidida de Jesús, a su humildad y su confianza en el amor del Padre, nuestros sufrimientos fisicos y espirituales tienen un sentido y un valor especiales. Ya no sufrimos simplemente porque “nos toca”, porque “no hay más remedio”, sino que podemos unir todos nuestros dolores físicos y todos nuestros dolores espirituales a los suyos, y alcanzar con ello gracias especiales de Dios para nosotros mismos, para nuestra familia, y para todos los hombres y mujeres del mundo.

Cuando aceptamos nuestros sufrimientos con corazón humilde y ferviente, podemos sobrellevarlos más fácilmente, porque la fe y la humildad les dan un sentido y un valor que no tienen en sí mismos, pero que pueden adquirir.

Cuando aceptamos nuestros sufrimientos con corazón humilde y ferviente, nuestra vida humana trasciende, es decir, va más allá de lo que ella misma es, se eleva hasta el infinito, y sin dejar de ser humana se hace divina.

Cuando aceptamos nuestros sufrimientos con corazón humilde y ferviente, nos unimos a Jesús que sufre por amor y amándonos, y así nos hacemos partícipes de la salvación que él consiguió para nosotros, no sólo como personas que somos “salvadas”, sino también como personas que se hacen “salvadoras” de los demás.

Cuando aceptamos nuestros sufrimientos con corazón humilde y ferviente,  y los vivimos con paciencia y dignidad, hacemos presente a Jesús Crucificado en el mundo, en medio de nuestra familia, con todo lo que ello significa para quienes están cerca de nosotros.

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“Pedro se acercó a Jesús y le dijo: – Señor, ¿Cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?… Le dice Jesús: – No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mateo 18, 21-22)

El amor y el perdón son dos caras de una misma moneda. Quien ama de verdad debe también perdonar de verdad, con el corazón; y quien perdona de corazón, es porque ama mucho y bien.

El perdón no tiene límites, como no los tiene el amor; porque el amor verdadero está siempre en contínuo crecimiento y en contínua profundización.

Cuando amamos de verdad, como tenemos que amar siempre, nada es “mucho”, y así, el amor da origen al perdón, que nace de él como un hijo, como una necesidad absoluita e inaplazable.

Aunque digamos mil veces que amamos profundamente a alguien, los seres humanos somos, en general, malos “amadores” o malos “amantes”, porque siempre estamos haciendo cuentas de “hasta dónde” debemos o podemos llegar con nuestro amor, para no parecer tontos, o para no salirnos de lo que es “razonable”. Y lo mismo nos sucede con el perdón.

Pero ni el amor ni el perdón tienen medida, como no los tiene Dios, en quien se fundamentan. Nadie puede decir “hasta aquí amo”, o “hasta aquí perdono”, y si lo hace, ni su amor puede llamarse “amor” en el pleno sentido de la palabra, ni su perdón puede llamarse “perdón”.

Siempre podemos amar más y mejor. Siempre podemos perdonar más efectivamente, con más generosidad, con un perdón más radical, más profundo, más amplio, más constructivo.

Ni el amor ni el perdón se pueden calificar con adverbios de cantidad como: “demasiado”, “bastante”, “suficiente”, palabras que son tan abundantes en nuestro lenguaje actual y cotidiano.

Nunca podemos decir que ya amamos lo que teníamos que amar, o que ya perdonamos lo que teníamos que perdonar, y que lo demás “se lo dejamos a Dios”. Todo lo contrario. Dios mismo quiere que cada uno de nosotros sea en el mundo, expresión clara de su amor y de su perdón infinitos y generosos siempre.

El amor y el perdón son una tarea nunca concluída. Tenemos que amar y perdonar cada día, cada instante, todos los días de nuestra vida, en todas sus circunstancias, a todas las personas.

El amor y el perdón son una misión inaplazable e intransferible. Tenemos que amar y perdonar ya, ahora mismo, cada uno a las personas que tiene cerca, a aquellos con quienes comparte su vida.

El amor y el perdón son un regalo de Dios que no podemos rechazar, porque al hacerlo estaríamos rechazando a Dios mismo que nos amó primero, y que puso en nuestro corazón la capacidad de amar y de perdonar, como una participación en su propio ser.

 

 

 

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