EN EL DISCURSO DE DESPEDIDA

“Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.” (Juan 15, 9-11)

El amor es, sin duda, el centro de la vida de Jesús; la fuerza que lo mueve; la pasión que lo motiva; el aliento que lo sostiene; el gozo alegre que llena su ser y su vida.

  • Amor a Dios, su Padre, de quien procede, en quien se reconoce como Hijo, y a quien busca con todo su corazón de hombre verdadero.

  • Amor a los hombres y mujeres contemporáneos suyos, con quienes comparte – como hermano – lo que es y lo que tiene, y a quienes entrega lo mejor de sí mismo, en el servicio sincero y humilde.

  • Y amor a todos los hombres y mujeres de antes, de ahora, de mañana y de siempre, presentes en su corazón y en su mente divinos, y a quienes como Dios verdadero, libera y salva de la esclavitud del mal y de la muerte.

Jesús vive por el amor y para el amor, y su deseo más grande es enseñarnos a amar como él mismo ama; con un amor que es mucho más que un mero sentimiento; con un amor que va mucho más allá de las simples palabras, a los hechos concretos, a los actos de amor sinceros y cotidianos.

Jesús vive por el amor y para el amor, y ese amor lo hace un hombre absolutamente libre. Un hombre liberado y liberador, en el buen sentido del término. Un hombre que con su amor hace sentir a quien ama, que es persona, y por lo tanto, libre por naturaleza. Un hombre que con su amor destruye las ataduras de la angustia y el miedo, los complejos de inferioridad, los pensamientos pesimistas, los inútiles sentimientos de culpa, las inclinaciones egoístas.

Jesús vive por el amor y para el amor, y por eso sabe amar sin poner condiciones, sin hacer exigencias; con absoluta generosidad; con total sinceridad. Y quiere que todos nosotros aprendamos a amar de la misma manera.

Jesús vive por el amor y para el amor, y sabe que el amor es el motor de la vida. Es necesario amar para poder vivir; es necesario recibir amor para sentir que la vida tiene sentido.

Jesús es para todos nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, la fuente inagotable del amor puro y verdadero; del amor que llena el corazón de gozo y esperanza; del amor que no se deja vencer por las ingratitudes; del amor que es capaz de superar los obstáculos y sanar las heridas.

Jesús muerto y resucitado es para todos nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, motivo y fuerza, para seguir adelante, haciendo realidad el amor en nuestras vidas; para vencer nuestro egoísmo y nuestro orgullo que tantas veces nos alejan de quienes deberían estar más cerca; para  amar sin condiciones ni exclusiones; para acoger en nuestro corazón a todo el que necesita ser amado.

Jesús muerto y resucitado, es para todos nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, el único amor que da pleno sentido hasta aquello que parece no tener sentido.

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“No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Juan 14, 1-3)

La fe en Jesús trae consigo una promesa, que muchas veces pasamos por alto: la Vida eterna y feliz a su lado.

Creemos en el presente, pero la fe nos proyecta al futuro, a la eternidad sin fin, en la que Dios será “todo en todos”. Sin embargo, y aunque parezca raro decirlo, pensamos poco en ello. ¿Por qué?…

Tal vez sea porque nos atrae más esta vida y lo que ella es; lo que nos permite ver y tocar; lo que nos permite ser, hacer y tener. Entonces se podría decir que nuestra fe no es tan verdadera, ni tan firme, ni tan grande y profunda como aseguramos que es. ¡No nos alcanza para ir más allá del aquí y el ahora!

Creemos sin creer. Porque la verdadera fe no tiene límites ni pone condiciones. La verdadera fe es confianza total y absoluta en Dios, y en lo que Él nos promete; en lo que tiene preparado para nosotros, después de nuestra muerte física, aunque nadie nos lo pueda mostrar ni demostrar.

Las palabras de Jesús son palabras de Dios; el testimonio de Jesús es testimonio de Dios; las promesas de Jesús son promesas de Dios, y sabemos que Dios quiere siempre lo mejor para nosotros, porque somos sus hijos e hijas muy queridos.

Jesús dirigió las palabras que leímos al comienzo, a sus discípulos, poco antes de su muerte, en su Cena de despedida, y las confirmó después de su resurrección, apareciendo ante ellos de improviso, para mostrarles que apesar de todo lo que había tenido que padecer, estaba de nuevo vivo.

La resurrección de Jesús de entre los muertos, es garantía de nuestra propia resurrección. Moriremos como él murió, pero seremos resucitados y podremos compartir su gloria, su felicidad, como él comparte ahora la gloria de su Padre.

No es un mito. Es una realidad. Tenemos que aceptarlo. Tenemos que pensar en ello sin miedo, con alegría, con entusiasmo, con esperanza. Tenemos que sentirlo en el corazón y vivirlo en nuestra vida de cada día.

Dios cumple todas sus promesas. Un día, no sabemos cuando, sucederá para cada uno de nosotros, lo que sucedió con Jesús. Un día, no sabemos cuándo, volverá a suceder de manera definitiva, lo que sucedió aquella tarde en Jerusalén:  el bien derrotará al mal de una vez por todas, la vida se impondrá sobre la muerte, el amor superará al odio, y habrá “un nuevo cielo y una nueva tierra”, como anuncia el libro del Apocalipsis.

Mientras tanto, vivimos en la esperanza. Creemos… Amamos… Actuamos… Oramos… Y esperamos…  Unidos a María, que también creyó, amó, actuó, oró y esperó…  Unidos a la comunidad de los creyentes, esparcida por el mundo… Anunciando con nuestras palabras y nuestras obras, que Jesús está vivo, y que un día – cercano o lejano, no lo sabemos -, viviremos con él, porque así nos lo prometió.

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