CURACIÓN DE UN ENDEMONIADO

“El hombre que había estado endemoniado le pidió que lo dejara quedarse con él. Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: “Vete a tu casa con tu familia, y anúnciales todo lo que el Señor hizo contigo al compadecerse de ti” (Marcos 5, 18-19)

La familia es, sin duda, el lugar privilegiado donde cada uno de quienes nos llamamos seguidores de Jesús, porque creemos en él y en su palabra que da sentido y valor a nuestra vida, debe desarrollar su misión de testigo y mensajero del amor maravilloso de Dios, que Jesús vino a anunciarnos.

La familia es el lugar privilegiado donde debemos proclamarnos defensores de la vida y respetuosos  de cada persona. El lugar privilegiado donde debemos actuar siempre con honestidad y justicia. El lugar privilegiado donde debemos ejercer a plenitud nuestra capacidad de amar, de servir, de ser solidarios  y compasivos con quien sufre por cualquier causa.

La familia es el lugar privilegiado donde debemos hacer vida el Evangelio, la buena noticia de Jesús, la esperanza que su bondad y su amor nos comunican.

Lo que no somos capaces de hacer en nuestra familia, con los nuestros, tampoco podremos hacerlo fuera de ella, con los demás.

  • Si en nuestra familia no somos amorosos, tampoco lo seremos con aquellos a quienes llamamos amigos.
  • Si en nuestra familia no somos sinceros y honestos, tampoco lo seremos en nuestro lugar de trabajo.
  • Si en nuestra familia no somos justos y tratamos con respeto a quienes comparten su vida con nosotros, tampoco la sociedad a la que pertenecemos podrá esperar que lo seamos con ella y en ella.
  • Si en nuestra familia no somos respetuosos de la vida en todas sus formas y todos sus momentos, tampoco lo seremos fuera de ella, y lo demostraremos con nuestras obras.

Porque en la familia es donde aprendemos a vivir y a convivir; donde los valores comienzan a ser “valores” para nosotros. En la familia es donde nos formamos como personas, como miembros de la sociedad, y también, por supuesto, donde aprendemos a ser cristianos y católicos. En la familia es donde realmente somos como somos; donde se manifiesta claramente la verdad de nuestro ser.

“Ser luz de la calle y oscuridad de la casa”, como dice el refrán popular, es algo que está por
fuera de toda lógica; un hecho absolutamente contradictorio.

Si tu luz no sirve para iluminar a quienes tienes más cerca de tu corazón y de tu vida, es seguro que tampoco te alcanzará para iluminar a quienes sólo te miran desde lejos.  En cambio, si eres luz para los tuyos, esa luz se multiplicará con las pequeñas luces que vas encendiendo en sus propios corazones, y el bien que les haces a ellos será multiplicado.

Por eso, Jesús envió al endemoniado de Gerasa, a proclamar en su familia, entre los suyos, lo que Dioshabía hecho con él, al liberarlo de su grave enfermedad y todo lo bueno que de
esta liberación se derivaba.

Sin embargo, hay que estar preparados, porque pueden pasar cosas que se salgan de nuestro presupuesto y sean dolorosas para nosotros.  También lo dijo Jesús: “Ningún profeta es bien recibido en su patria” (Lucas 4, 24).

Por eso tenemos que estar prevenidos y muy bien dispuestos a seguir adelante con nuestra misión, suceda lo que suceda. Aunque no veamos inmediatamente buenos resultados, es seguro que el Espíritu Santo está trabajando junto a nosotros, y su acción siempre produce
frutos de salvación y de vida eterna.

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