LA CIZAÑA Y EL TRIGO

“El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras la gente dormía, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga, apareció también la cizaña. Entonces fueron los esclavos a decirle al amo: Señor, ¿ No sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña? ¿Quieres que vamos a arrancarla? Pero él les respondió: No, porque podrían arrancar también el trigo. Déjenlos crecer juntos hasta la siega…” (Mateo 13, 24-30)

El mundo, los seres humanos, cada uno de nosotros en particular y como grupo, vivimos entre el bien y el mal.

Somos hijos de Dios que nos creó a su imagen y semejanza, y por lo tanto, el bien y la bondad son parte esencial de nuestro ser y nos atraen poderosamente.

Sin embargo y por nuestra condición de criaturas, también la debilidad, la fragilidad, hacen parte de nuestra vida y de nuestra historia, y se manifiestan de una manera o de otra, en nuestro obrar de cada día, como origen del mal. Lo podemos ver con toda claridad y sin mucho esfuerzo, mirando a nuestro alrededor, y entrando en nuestro propio corazón.

Trigo y cizaña crecen en nuestro corazón – en el de todos y en el de cada uno -, uno al lado del otro.

Trigo y cizaña crecen juntos, allí donde hay hombres y mujeres, sea cual sea su edad, su condición social, su situación económica, su desarrollo intelectual, sus creencias religiosas.

Constantemente escuchamos la llamada a llevar nuestra vida por el camino del bien, y también la tentación del mal, que aparece incluso, muchas veces, escondida bajo una apariencia de bien. Esta es una realidad de la que no podemos escaparnos, por mucho que lo queramos, y mucho el esfuerzo que hagamos. San Pablo nos lo dice refiriéndose a sí mismo, en la Carta a los creyentes de Roma: “Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco… puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero… El pecado habita en mí” (Romanos 7, 15.19.20)

Pero Dios es infinitamente paciente con nosotros, porque nos ama. Permite que la cizaña crezca junto al trigo, que el mal y el bien convivan hasta el tiempo de la siega, porque no quiere que ni un solo grano de trigo se pierda, enredado en la mala hierba. Conoce nuestras limitaciones y sabe que necesitamos tiempo y esfuerzo para afianzarnos en el bien; por eso permite que éste transcurra sin afanes, y que ponga a cada uno en el lugar que le corresponde. Su voluntad es esencialmente una voluntad salvadora.

Ninguno de nosotros, sea quien sea, tiene derecho a decir quién sirve y quién no sirve para el Reino de Dios, o por qué este sí y aquel no, aunque muchas veces – más de las que estamos dispuestos a aceptar – lo hacemos. Esta tarea es propia y exclusiva de Dios, y nosotros no podemos apresurarla, cambiarla, y menos aún obstaculizarla. Sólo nos corresponde aceptar lo que Dios, en su infinita sabiduría, decida .

Avancemos en nuestro caminar por la vida, con la mirada puesta en Dios, de quien procede todo bien, seguros de que al hacerlo, él nos dará las fuerzas que necesitamos para vencer el mal que se nos presenta de tantas maneras, y para crecer en el buen obrar que nos une misteriosa e indisolublemente a él.

Que el Señor nos ayude en este propósito de vida.

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