EL TESORO ESCONDIDO

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo”. ( Mateo 13, 44)

Cuando Jesús habla del Reino de Dios – o del Reino de los Cielos, que es la expresión que san Mateo utiliza en su Evangelio -, está hablando de una realidad que él añora, una realidad que él desea en lo más profundo de su corazón y de la cual se siente parte integrante.

Toda la vida pública de Jesús, toda su predicación, y también sus milagros, su pasión, su muerte y su resurrección, son a la vez búsqueda y expresión de esta realidad maravillosa, que habían anunciado los profetas, y que él vino a instaurar en el mundo, enviado por el Padre.

  •    ¿Qué significa la expresión “Reino de Dios”, o “Reino de los Cielos”?… ¿A qué se refiere Jesús con ella?…
  • ¿Qué es el Reino de Dios?…
  • ¿Dónde está?…
  • ¿Qué tiene que ver con nosotros ciudadanos del siglo XXI?…

La respuesta es más sencilla de lo que parece. La expresión “Reino de Dios” tiene una larga trayectoria en el pueblo de Israel, y por supuesto en la Biblia; en labios de Jesús hace referencia a aquel momento de la historia, o a aquella circunstancia especial, en los que Dios es reconocido, apreciado y acogido, como el único y verdadero Señor del universo, de todos los hombres y de todos los pueblos, y de la historia humana en general.

El Reino de Dios – el Reino de los Cielos -, es en realidad el “reinar” de Dios,  la “soberanía” de Dios en el mundo, y en los corazones de cada hombre y de cada mujer. Dios que es “el que es”, Dios que se “realiza”, Dios que “acontece”, en nuestro corazón y en nuestra vida, y por su presencia y su amor nos hace personas libres, capaces de realizar grandes cosas.

Jesús vino a instaurar de manera definitiva, con sus obras y con sus palabras, ese Reino de Dios entre nosotros. Recordemos lo que dijo en la sinagoga de Nazaret, cuando hizo la lectura del texto del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos; para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lucas 4, 18-19).

Algunos creyeron en él y lo siguieron, y otros no; y en nuestro tiempo sucede lo mismo: algunos queremos que Dios sea y actúe como el único dueño y soberano de nuestro ser, de nuestro mundo y de nuestra historia, aunque muchas veces hacemos cosas que van en contra de este deseo, y muchos otros ni siquiera saben de qué se trata este asunto; unos buscan a Dios pero sólo esperan de él la solución a sus problemas y necesidades, y otros, en cambio, piensan que Dios es para ellos un estorbo que tienen que eliminar de su pensamiento y de su vida, y también del pensamiento y de la vida de los demás.

Jesús nos enseña en esta parábola, que la verdad de Dios, su señorío, su amor y su bondad, son tan deseables para todos los hombres y todas las mujeres, de todos los tiempos y de todos los lugares, que bien vale la pena sacrificar lo que somos y lo que tenemos, y aún lo que hemos conseguido con esfuerzo y tesón a lo largo de nuestra vida, para que Dios sea de verdad, parte integrante de nuestra historia humana, para que llene nuestra mente y nuestro corazón con su presencia y su amor inigualables.

Vale la pena entonces, con motivo de esta parábola de Jesús, preguntarnos:

  • ¿Qué significan Dios y las cosas de Dios para mí?…
  • ¿Qué lugar tiene Dios en mi corazón y en mi vida?…
  • ¿Cómo me relaciono con él?…
  •  ¿Qué estoy dispuesto a hacer para que su amor y su bondad sean conocidos en el mundo entero?…

La respuesta es muy personal y exige un reflexión profunda. Cada cual se hace responsable de ella y de lo que de ella se derive.

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