LOS VIÑADORES HOMICIDAS

“Dijo Jesús a los sacerdotes y a los senadores del pueblo:  – Escuchen este otro ejemplo:

Había un propietario que plantó una viña. La rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar y levantó una torre para vigilarla. Después la alquiló a unos labradores y se fue a un país lejano. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, el dueño mandó a sus empleados que fueran donde los labradores y cobraran su parte de la cosecha. Pero los labradores cogieron a los enviados, apalearon a uno, mataron a otro, y al otro lo apedrearon. El propietario volvió a enviar nuevos y más numerosos empleados, pero los trataron igual que la primera vez. Por último envió a su hijo, pensando: “A mi hijo lo respetarán”, pero los labradores al ver al muchacho, se dijeron: “Ese es el heredero; matémoslo y así nos quedamos con su herencia. Y así lo hicieron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿que hará con esos labradores? Le contestaron: – Hará morir sin compasión a esa gente tan mala y arrendará la viña a otros labradores, que le pagen a su debido tiempo . Jesús les respondió: – Ahora yo les digo a ustedes: se les quitará el Reino de los Cielos, y se le entregará a un pueblo que le hará producir sus frutos” (Mateo 21, 33-41.43).

Aunque los destinatarios de esta parábola de Jesús y de las enseñanzas que comunica, fueron las autoridades religiosas de Israel, como consta en los evangelios, podemos ver con claridad que ellas tienen también, profundas resonancias para nosotros, los cristianos del siglo XXI.

Igual que los judíos de aquel tiempo eran herederos de las promesas de Dios a Israel – la viña del Señor -, nosotros somos herederos de los dones y gracias que Jesús alcanzó para nosotros, con su encarnación, su vida en el mundo, y su pasión, muerte y resurrección.

Pero también, de la misma manera que los judíos, especialmente, sus autoridades, no supieron reconocer a Jesús como el Hijo de Dios, enviado al mundo con la misión de restablecer la alianza del Señor con su pueblo, nosotros, veinte siglos después, seguimos dudando – de una u otra manera -, deque ese Jesús que nos presentan los evangelios y nos anuncia la Iglesia como el Salvador de la humanidad entera, sea, no un simple hombre como nosotros, sino también Dios, y que su palabra y su ejemplo tengan validez para todos los tiempos y todos los lugares.

Es lo único que explica que seamos tan fríos y pobres en nuestro trato con él; tan poco profundos y generosos; tan enfocados no en la dignidad de su persona y en lo que su solidaridad con el género humano implica su encarnación, sino en nuestros propios intereses y caprichos.

Muchas veces Jesús se nos vuelve simplemente un “escampadero”; acudimos a él sólo cuando tenemos una necesidad urgente o un problema que requiere una pronta solución; cuando la vida nos ha “movido el piso” y experimentamos el miedo; cuando nos sentimos
solos, inseguros, sin perspectivas de futuro; cuando los amigos nos han fallado; cuando hemos perdido la salud; cuando hemos cometido un error grave; en fin.

Jesús nos invita cada día, a acogerlo en nuestro corazón y en nuestra vida con entusiasmo y alegría, como el gran regalo de Dios que nos ama. A abrir nuestro entendimiento a sus palabras de vida y esperanza. A recibir los dones que tiene para darnos, con la mejor disposición posible. A llenarnos de su amor y su bondad, su fidelidad al Padre y su entrega generosa por nuestra salvación.

Jesús nos invita cada día, a ser dóciles a sus enseñanzas. A vivir nuestra vida con dignidad. A amar y respetar a todas las personas que encontremos en nuestro camino. A ser honestos, justos y veraces. A dar lugar en nuestro corazón a la fraternidad. A ser solidarios con los que sufren. A hacer de nuestra vida entera un servicio a los demás.

Rechazar a Jesús es rechazar a Dios mismo, y con ello, perder nuestra identidad como hijos suyos y herederos de su Reino, que irrumpió en el mundo con Jesús.

Rechazar a Jesús, “darle muerte” en nuestro corazón y excluirlo de nuestra vida, como hicieron los labradores de la viña, es hacer a un lado nuestra esperanza de liberación, que es Jesús mismo.

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