EN SENTENCIAS

“Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.”  (Mateo 11, 27-28)

  • Los que están tristes, los que tienen miedo, los que se sienten solos abandonados, los que padecen toda clase de dificultades y problemas…
  • Los que viven en medio de la oscuridad, los que no encuentran el camino, los que no saben en quien creer, los que experimentan en su corazón una lucha que no comprenden, los que no saben a quien seguir…
  • Los que han perdido la fe, los que no tienen esperanza, los que han fracasado en el amor, los que ven que su vida se desmorona y creen que no pueden hacer nada para recuperarla…

Jesús es el amigo que todos necesitamos para que nos escuche.

Jesús es el hermano que siempre nos entiende.

Jesús es el compañero que nos anima y acompaña con su presencia permanente a nuestro lado.

Su fidelidad está garantizada.

Su generosidad y su disponibilidad no tienen límites.

Su amor es capaz de vencer cualquier obstáculo.

Buscar a Jesús, ir a él, nos cuesta muy poco y nos da mucho, muchísimo…

Es él mismo quien se nos da… Él mismo quien se nos entrega…

Nos ama, se nos da, y se deja poseer por nosotros.

Nos ama, se nos da , y nos comunica los dones de su amor y su bondad, que hacen plenos nuestro ser y nuestra vida.

Jesús es la luz que ilumina nuestro caminar y nos guía por senderos de verdad, de justicia, de libertad, de amor y de paz.

En su corazón encontraremos siempre amor y compañía, valor para enfrentar las penas que nos afligen, y fuerza para seguir adelante.

Él puede devolvernos las ganas de vivir y dar sentido pleno a nuestra existencia en el mundo.

Buscar a Jesús, ir a Jesús, entregarnos a Jesús…

Permitirle que nos llene de su amor…

Pedirle que ocupe el centro de nuestro corazón… Que sea el centro de nuestra vida…  es lo mejor que podemos hacer.

Con Jesús lo tenemos todo.

Sin él nuestra vida quedará vacía para siempre.

***********************************

“Ustedes saben que los jefes de las naciones actúan como dictadores, y los que ocupan cargos abusan de su autoridad. Pero no será así entre ustedes. Al contrario. El que de ustedes quiera ser grande, que se haga el servidor de ustedes, y si alguno de ustedes quiere ser el primero, que se haga el esclavo de todos” (Mateo 20, 25-27)

El que quiera ser grande, que se haga pequeño.

El que quiera ser el primero, el más importante, que se ponga en el último lugar.

Esta es la paradoja del Reino de Dios que Jesús vino a instaurar entre nosotros; la paradoja que estamos invitados a hacer realidad en nuestra vida.

Todo lo contrario de lo que nos ofrece el mundo.

Todo lo contrario de lo que la sociedad del éxito nos exige.

Hacernos pequeños y colocarnos en el último lugar, es parecernos un poco a Jesús, que siendo Dios se atrevió a hacerse hombre como nosotros y vivir como tal.

Hacernos pequeños y colocarnos en el último lugar, para servir a los otros con lo que somos y tenemos, es parecernos un poco a Jesús, que vino a nuestro mundo “no a ser servido, sino a servir, y a dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20, 28).

No es una tarea fácil. Nuestra naturaleza humana prefiere estar arriba a estar a bajo, ocupar el primer puesto en lugar del último; ser importante en lugar de pasar por el mundo como un desconocido; ser servido y honrado por los demás, en lugar de hacerse servidor.

No es una tarea fácil, pero es posible. Si no lo fuera, Jesús no nos lo pediría. Si no lo fuera, él mismo no habría podido realizarlo en su vida. Y bien sabemos que lo hizo. ¡Y con lujo de competencia!

La sencillez, la humildad, la disponibilidad para el servicio, son imperativos de nuestra vida cristiana. ¡Imperativos, no opciones! Porque nuestro Dios es un Dios humilde. Un Dios que se abaja, un Dios que se agacha delante de sus criaturas para servirles. Un Dios que no temió encarnarse y vivir “como un hombre cualquiera” (cf. Filipenses 2, 5-11). Un Dios encarnado que no tuvo reparos en entregar su vida por amor, para reconstruirnos en nuestra dignidad, aún a costa de su propio prestigio.

Jesús, Dios y hombre verdadero, siendo el primero de todos se colocó en el último lugar; siendo el más grande de todos, el más importante de los hijos de Adán, murió como un esclavo.

Tenemos que pensar mucho en ello para vivir nuestra vida con dignidad, pero sin pretensiones de grandeza que no nos corresponden; para vivir nuestra vida en una constante actitud de apertura y de servicio a los demás.

Sólo así lograremos que el Reino de Dios que Jesús inauguró entre nosotros, sea una realidad, como la quiere Dios.

*********************************

“En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de los cielos. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu… Necesitan nacer de nuevo desde arriba” (Juan 3, 5-6.7b)

Estas palabras que Jesús dirigió a Nicodemo, hace ya más de 2.000 años, siguen siendo vigentes para nosotros hoy.

Nacimos de nuestros padres, pero tenemos que volver a nacer.

Nacimos a la vida biológica, pero cada día tenemos que nacer de nuevo a la vida espiritual, a la vida de Dios.

Tenemos que renovarnos interiormente cada día.

Tenemos que hacernos personas nuevas, con la novedad de Dios, cada día.

No se trata de regresar al vientre de nuestras madres. ¡Imposible!

Y tampoco, de cambiar nuestra figura para parecer distintos. ¡Dios no se queda en las apariencias! Lo sabemos perfectamente.

Se trata de acoger en nuestro corazón al Espíritu Santo, que Jesús Resucitado nos envía. Dejar que el Espíritu de Dios nos invada con su aliento de vida. Permitirle que nos ilumine con la luz de su gracia. Hacernos dóciles a sus insinuaciones. Responder con prontitud a su llamada.

Lo que nace de la carne es carne. Pero lo que nace de Dios es Dios. Si permitimos que el Espíritu de Jesús actúe en nosotros, y nos dejamos conducir por él, poco a poco seremos transformados en criaturas nuevas, en personas cada vez más capaces de obrar el bien en las distintas circunstancias de la vida; en hombres y mujeres justos y veraces, hombres y mujeres compasivos y misericordiosos con los demás, hombres y mujeres que saben amar y perdonar. En hombres y mujeres de Dios y para Dios.

Cuando abrimos nuestro corazón a Dios, y lo acogemos en él, el Espíritu Santo nos invade con su fuerza, y nos capacita para hacer cosas realmente importantes.

Lo único que nos pide es que mantengamos una buena disposición. Lo demás lo realiza él, con su amor y su gracia que son totalmente gratuitos, como el amor de una madre y un padre por sus hijos.

***************************

“¿De qué le sirve a uno si ha ganado el mundo entero, pero se ha destruido a sí mismo? ¿Qué podría dar para rescatarse a sí mismo?” (Marcos 8, 36-37)

“Ganar el mundo entero” es lo que nos propone la sociedad del éxito y la eficiencia en la que vivimos los hombres y mujeres de este tiempo.

Llenarnos los bolsillos de dinero; llenar la casa de objetos de todos los estilos, útiles algunos, superfluos la gran mayoría; llenar las paredes de la oficina de títulos y diplomas que garanticen nuestros conocimientos; llenar nuestra agenda diaria de compromisos sociales; llenar nuestro corazón de apegos… Conseguir dinero, poder, honores y fama.

“Ganar el mundo entero”… pero, ¿a costa de qué?… La respuesta es sencilla: A costa de sí mismo. De la tranquilidad del alma. De los principios y valores que nos inculcaron nuestros padres. De la familia que es el bien más preciado que podemos poseer. Del propio
dominio. Del descanso que todos necesitamos.

Es mejor ser pobres, pero también ser libres, como Dios nos creó. Tener menos cosas, pero poder disfrutar de ellas. Pasar como una persona inadvertida, pero poder vivir sin sobresaltos. Disponer de mucho tiempo para compartir con las personas que amamos. Y, sobre todo, lograr ser nosotros mismos, y hacernos cada día mejores personas, en relación
íntima y profunda con Dios, y en diálogo permanente y amoroso con los demás, siguiendo el ejemplo de Jesús.

No es el dinero, ni es el poder, ni es la fama, ni son los placeres pasajeros, los que nos dan la felicidad.

La verdadera felicidad sólo se alcanza cuando uno es dueño de sí mismo, y logra llevar su vida entera, sus anhelos y deseos, sus esfuerzos y sus luchas, sus gozos y sus esperanzas, por los caminos que Jesús nos mostró, porque son caminos de libertad y de paz, que nos
conducen a la vida eterna.

No hay otros caminos distintos a estos. No hay otra manera de ser felices de verdad, que siguiendo las huellas de Jesús, para quien ni el dinero, ni el poder, ni el placer, ni la fama, representaron un valor en sí mismo, porque miraba la vida desde la óptica de Dios, y quiso
vivirla a plenitud en conformidad con su Voluntad de amor y de servicio.

Todos estamos invitados a seguirlo, haciendo en nuestra vida lo que él hizo. Sólo hace falta que nos decidamos y demos el primer paso. Jesús mismo estará con nosotros para ayudarnos.

*****************************

“No es la gente sana la que necesita médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Marcos 2, 17)

Muchas veces pensamos que para acercarnos a Dios, para buscar su protección y su ayuda, para invocar su amor, tenemos que ser personas muy buenas, y por esa misma razón nos mantenemos alejados de él.

Sabemos perfectamente que somos débiles, que con más frecuencia de la que quisiéramos hacemos el mal en lugar del bien, y nos consideramos indignos de elevar nuestro pensamiento y nuestro corazón para alcanzarlo.

Pero estamos totalmente equivocados. Esta frase de Jesús nos lo dice con toda claridad. Jesús vino a nuestro mundo como mensajero del amor del Padre, por y para todas las personas, incluyendo, claro está, y de un modo especial, a los pecadores que tienen conciencia de su pecado y desean cambiar de vida.

Él mismo, con su palabra bondadosa, sus actitudes siempre acogedoras, y sus innumerables gestos de atención y de cariño para las personas que se le acercaban, es la garantía de que por muy grandes que sean nuestros pecados, y por muy fuerte que sea nuestra debilidad, tenemos un lugar en el crazón compasivo y misericordioso del Padre.

Para ir a Dios no tenemos que ser primero buenos. ¡Es Dios mismo el que nos hace buenos! Por eso  no tenemos disculpa. Al contrario.  Mientras más inmersos en el mal estemos, más necesitamos de Dios y de su amor, porque es el único que puede sanarnos; el único que puede restaurarnos en nuestra dignidad de hijos suyos. El único que puede darnos las fuerzas que necesitamos para ir siempre por el camino del bien.

Y no importa que volvamos a caer. Él está y estará ahí siempre, para ayudarnos a ponernos de pie y seguir adelante. ¡Las veces que sea necesario!

Su amor por nosotros no tiene límites ni descanso. Podemos dar fe de ello.

************************

“El que quiera seguirme, que me renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga. Pues el que quiera asegurar su vida la perderá, y el que sacrifique su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Marcos 8, 34-35)

“Renunciar a sí mismo” y “tomar la cruz”, dos actitudes que Jesús nos exige a quienes decimos creer en él y nos identificamos como discípulos suyos.

Dos actitudes radicales, que no admiten términos medios.

“Renunciar a sí mismo”:

  • Abandonar la pretensión orgullosa y egoísta de sentirse una persona importante, a cuyo derredor gira todo lo demás, y también la idea de buscar a como dé lugar, vivir para satisfacer los propios deseos y caprichos.
  • Hacer a un lado con decisión y valentía, el deseo malsano de dedicar la vida a conseguir bienes materiales, poder y fama.
  • Colocar siempre en el primer lugar del corazón y de la vida a Dios, en quien todo tiene su fundamento y su valor.
  • Dar a los demás el lugar que les corresponde por derecho propio, como compañeros de camino.

“Tomar la cruz”:

  • Asumir con fortaleza y dignidad las limitaciones y debilidades propias de la naturaleza humana.
  • Aceptarse uno mismo con lo que es y lo que tiene, lo que desea y lo que le falta.
  • Vivir la vida con alegría y entusiasmo, enfrentando con entereza las dificultades que se vayan presentando, y que son inevitables para cualquier ser humano.
  • Hacer a un lado el miedo que nos paraliza y nos hunde en el abismo de la desesperanza.
  • Mantener en alto la bandera de Jesús, aún en medio de las contradicciones y persecuciones que no faltarán.

Todo para alcanzar una promesa: “Salvar la vida”, alcanzar la plenitud del propio ser, que está en Dios mismo, y que vale, ¡sin duda!, todos nuestros esfuerzos y sacrificios.

Dios no defrauda a nadie. La prueba la tenemos en Jesús, que lo entregó todo, ¡hasta la vida!, en amor y fidelidad, y recibio como premio la resurrección de entre los muertos y su glorificación “a la derecha del Padre”.

*******************************

“¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido… Yo les aseguro que, en el día del Juicio, Tiro y Sidón serán tratadas menos rigurosamente que ustedes… (Mateo 11, 21-24)

Indudablemente, somos personas privilegiadas.

Ser cristianos, y ser católicos es un privilegio. Pensemos sólo en el hecho de que en el mundo hay unos 6.500 millones de personas, y de ellos sólo unos 2.000 millones somos cristianos, y de éstos, 1.200 católicos.

Dios ha hecho obras grandes en nosotros, conduciendo nuestra historia, de tal manera que nacimos y crecimos en una familia cristiana, y hemos tenido oportunidades que otros no han tenido, para crecer en nuestro conocimiento de Jesús y de su Evangelio de salvación, y en nuestra adhesión a él.

Sin embargo, parece que no nos hemos dado cuenta de ello, y andamos buscando otras cosas que ni sabemos qué son. Tal vez emociones más fuertes, acontecimientos extraordinarios, milagros que nos estremezcan.

Dios está a nuestro lado; Dios vive en nuestro corazón, y nos empeñamos en no verlo, en no sentirlo, en no gustar su amor y sus cuidados, en no escuchar su palabra de vida  y esperanza. Tenemos los ojos del corazón cerrados para él.

O tal vez nos hemos acostumbrado a su presencia y ya nos dice nada o muy poco. Nos atrae más el mundo en el que vivimos, que siempre tiene algo con qué sorprendernos, algo nuevo para llamar nuestra atención.

Pero la culpa no es de Dios. ¡No faltaba más!… ¡Es nuestra!… Él siempre está ahí, con los brazos abiertos, esperándonos… Él siempre tiene algo para decirnos… Él siempre tiene algo bueno para darnos… Él siempre está dispuesto a ayudarnos… Somos nosotros los que nos distraemos y no sabemos apreciar su presencia… Nosotros los que no sabemos descubrir su bondad… Los que no sabemos recibir los regalos de su amor… Los que no entendemos lo que nos dice… Los que vivimos distraídos con mil cosas menos importantes…

Cuántas personas con muchas menos oportunidades que nosotros, han llegado más lejos en la fe. Cuántas personas con dificultades inmensas para conocer y vivir el cristianismo, son verdaderos testigos de Jesús y de su amor incondicional. Cuántas  personas han vivido su relación con Jesús, siempre en medio de persecuciones, y a pesar de ellas han logrado
llevarla a lo más alto.

Tenemos que examinarnos en este sentido y corregir en nuestra vida lo que sea necesario, para que al final de nuestra vida, Dios no tenga que repetirnos lo que Jesús dijo a Corozaín y a Betsaida.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s