EN SENTENCIAS (2)

“Felices los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron“ ( Mateo 13, 16-17).

Somos cristianos católicos. Nuestros padres lo fueron y nuestros abuelos, bisabuelos, y tatarabuelos, también.

Casi podríamos decir que nuestra fe cristiana y nuestra pertenencia a la Iglesia, son un elemento más de la herencia que en nuestra familia se ha transmitido de generación en generación.

Por eso no le ponemos mucha atención. Nos parece algo tan obvio, como el color de nuestra piel, la forma de nuestros ojos, el tamaño de nuestra nariz, la estatura, y hasta la migraña que nos ataca de tiempo en tiempo. Todas ellas son heredadas.

Nos hemos acostumbrado a celebrar cada año la Navidad con la Novena del Niño Jesús, los villancicos y el pesebre; a recibir la cruz de ceniza en nuestra frente al inicio de la Cuaresma; a comulgar el Jueves Santo; a participar en el Viacrucis del Viernes, y en la Vigilia Pascual del Sábado en la noche. Los domingos vamos a Misa, y siempre que podemos, rezamos el Rosario. Nos casamos por la Iglesia, y cuando nacen nuestros hijos los llevamos a bautizar.

Es fácil ser cristiano por herencia… Sólo tenemos que dejarnos llevar… ¡por la fuerza de la costumbre!…

Vale la pena preguntarnos:

  • ¿Será que esto que somos y que hacemos, es ser cristianos católicos de verdad?
  • ¿Será que Jesús representa algo realmente importante en nuestra vida?
  • ¿Cómo sería nuestra vida si no lo hubiéramos conocido?
  • ¿En qué cambiaría nuestra vida si lo dejáramos a un lado?

En el mundo hay miles de millones de personas que no conocen a Jesús, por diferentes circunstancias. Frente a ellos, todos nosotros somos personas privilegiadas, porque Jesús nos revela la verdad de Dios, la verdad de nuestro ser de hombres y de mujeres, y llena nuestra vida de luz y de esperanza. ¿Valoramos este privilegio?…

¡Cuántas personas que no conocen a Jesús serían infinitamente mejores que nosotros, si lo conocieran! ¡Cuántas lo amarían más de lo que nosotros lo amamos!

¡Cuántos lo seguirían con más alegría de la que nosotros sentimos cuando nos hacemos conscientes de él, y también con mayor fidelidad! ¡Cuántos lo proclamarían con más entusiasmo e insistencia!

Es importante pensar en las palabras de Jesús a sus discípulos, y agradecer el don recibido de Dios. Es la mayor riqueza que podemos poseer.

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“¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo”, tú que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Lucas 6, 41-42)

Estas palabras de Jesús tienen una especial resonancia para nosotros, hoy. Todos, sin excepción, tenemos mucho qué aprender de ellas. Todos, sin excepción, tenemos que escucharlas, meditarlas en nuestro corazón, y ponerlas en práctica en nuestra
vida de cada día.

Jesús nos conoce bien. Sabe perfectamente cuáles son nuestras mayores debilidades en el campo de las relaciones con los demás, y quiere que trabajemos intensamente para superarlas, porque son perjudiciales para nosotros en todos los sentidos.

Es evidente. Los seres humanos, hombres y mujeres de toda clase y condición, tenemos una inclinación malsana y persistente, a criticar a los otros. Vemos con mucha facilidad, tal vez más de la que quisiéramos, los defectos y las malas acciones que quienes están a nuestro alrededor tienen y realizan, y ello nos lleva a criticarlos – en nuestro corazón y de viva voz -, por una razón o por otra, la mayoría de las veces con gran dureza.

Olvidamos por completo que también nosotros tenemos defectos, y que nuestras fallas pueden ser incluso más graves que las de quienes criticamos. Entonces nos erigimos en jueces que juzgan y condenan sin piedad a todo el que se nos pone delante, a la vez que nos hacemos “los de la vista gorda” con nuestra propia conducta, o buscamos el modo de justificarla para que sea aceptada sin más.

Jesús nos invita con insistencia, en este y en otros pasajes del Evangelio, a revisar lo que estamos haciendo en este aspecto de nuestra vida, y a corregir con prontitud lo que no esté de acuerdo con lo que él nos enseña, no sólo por lo que esta manera de actuar implica de irrespeto al otro, a quien generalmente sólo conocemos en apariencia, sino también y sobre todo, por lo dañina que es para nosotros mismos, pues mientras fijamos nuestra atención en el otro, para escudriñar, sin ningún derecho, su modo de ser y de obrar, estamos descuidando severamente nuestra propio actuar, en el que, muy posiblemente, hay cosas peores, acciones y actitudes más negativas y más perjudiciales, que las que criticamos.

Criticar a los demás, por una razón o por otra, en un sentido o en otro, es fácil, muy fácil. No exige mayor esfuerzo de nuestra parte, y siempre habrá para nosotros un motivo que lo
“justifique”, una razón que lo respalde, al menos en apariencia. Pero la vida cristiana auténtica, el seguimiento fiel de Jesús como discípulos suyos, no busca lo que es fácil o lo que nos queda cómodo, sino lo que es bueno, lo que se ajusta a la voluntad de Dios, que nos ama a todos como hijos y quiere que vivamos como verdaderos hermanos, en el amor y el respeto mutuos.

Examinemos nuestra conciencia teniendo en cuenta esta enseñanza de Jesús, y esforcémonos por hacerla realidad en nuestra vida cotidiana, en todas nuestras relaciones con los demás. Traerá mucha paz a nuestro espíritu, y nos permitirá ser acogidos con gusto por quienes nos rodean, que nunca se sentirán amenazados por una actitud prepotente y soberbia de parte nuestra.

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“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. (Juan 3, 16)

Dios nos ama con un amor que no tiene límites. De eso debemos estar absolutamente convencidos. Es Jesús mismo quien nos lo dice. Jesús que es su Hijo, y vino a nuestro mundo como mensajero de ese amor inigualable.

Dios nos ama con un amor absolutamente generoso, como el amor de una madre por sus hijos pequeños, a quienes protege y sostiene. Un amor que entrega todo lo que es y todo lo que tiene, sin pedir nada a cambio, porque su única misión es amar, y hacer feliz al ser amado. Dios nos ama con un amor que se da a sí mismo, sin condiciones, en donación total y sacrificio perfecto. Un amor inagotable, incondicional, inconmensurable, infinitamente compasivo y misericordioso.

¡Si nuestra una mente y nuestro corazón fueran capaces de apreciar este amor en toda su magnitud!

¡Si pudiéramos sentirlo en toda su intensidad, en lo más profundo de nuestro ser!

¡Si lográramos asumirlo en nuestra vida de cada día, y en cada una de nuestras acciones!

¡Si tuviéramos una fe tan grande como para hacer de este amor que recibimos, la mayor riqueza que podemos poseer, el mayor regalo que podemos compartir con los otros!

Pero muchas veces, más de las que quisiéramos, somos ciegos para ver aquello que está muy cerca de nosotros; lo que nos toca directamente y da a nuestra vida su verdadero sentido. Somos sordos para escuchar y entender las palabras de amor que Dios pronuncia cada día, como un susurro, en nuestros oídos; duros de corazón para sentir y valorar adecuadamente, sus atenciones y delicadezas, sus caricias y su ternura. Somos cortos de inteligencia, para descubrir su bondad infinita presente y palpitante en el acontecer incansable de cada día.

El amor de Dios es:

  • luz que nos guía en nuestro caminar de cada día;
  • fuerza que nos anima a enfrentar con valentía y decisión las dificultades que nunca faltan;
  • fuente inagotable de gozo y esperanza, de paz  y de armonía interior.

El amor de Dios es:

  • certeza plena de que la vida es maravillosa;
  • garantía segura de que el bien triunfará sobre el mal, aunque a simple vista no lo parezca;
  • convicción profunda de que nuestra existencia se prolongará más allá de la muerte física que un día tendremos que enfrentar.

Conocer este amor de Dios tiene que llenarnos de gozo, de entusiasmo, de valor para vivir.

Conocer este amor de Dios tiene que hacernos personas nuevas cada día, sensibles a las necesidades de los demás, capaces de perdonar toda ofensa, creativos y generosos para ayudar a quien requiere nuestra ayuda, para apoyar a los vacilantes, para proteger a los desprotegidos, para fortalecer a los débiles.

Conocer este amor de Dios tiene que llevarnos a comunicar a otros, esta verdad maravillosa e infinitamente estimulante, que colma nuestra vida entera, y cada uno de los acontecimientos que en ella tienen lugar, alegres y tristes.

Hagamos un alto en el camino. Pensemos en quiénes somos, lo que ha sido nuestra vida hasta hoy, y tratemos descubrir en ella las caricias de Dios y su amor providente que acude en nuestra ayuda cuando lo requerimos. Nos dará ánimo para seguir adelante, y para buscar cada vez con mayor empeño, corresponder a este amor con el nuestro.

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“Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”. (Mateo 11, 29)

Humildad y mansedumbre: dos virtudes que Jesús tiene y ejercita, y que nos propone a sus seguidores como virtudes de primer orden.

HUMILDAD: actitud de la persona que no presume de sus capacidades ni de sus logros, y reconoce con facilidad sus debilidades y sus fracasos. Son sinónimos de humildad: modestia, sencillez, moderación, sumisión.

MANSEDUMBRE: suavidad en las acciones, y de manera especial en el trato con los demás. Sinónimos de mansedumbre son: bondad, dulzura, tranquilidad, sosiego, mesura, serenidad.

En un mundo que exalta el poder y su búsqueda por cualquier medio, la humildad y la mansedumbre parecen llamadas a desaparecer. Sin embargo, si queremos ser seres humanos auténticos e íntegros, como Dios quiso que fuéramos cuando nos creó, verdaderos discípulos y seguidores de Jesús, debemos poner atención a ellas, aunque no tengan mucho prestigio y se les haga poca propaganda.

No se trata, ni mucho menos, de hacernos simples y apocados, incapaces de  actuar o de tomar determinaciones claras cuando es necesario; ni tampoco de permitir que los otros nos manipulen y nos dominen, y nos lleven a hacer lo que ellos quieren, en contra de nuestro deseo y voluntad. Ni la humildad, ni la mansedumbre son timidez o indecisión para obrar, y tampoco falta de inteligencia, inseguridad, miedo, o pasividad.

Jesús no era, por supuesto, nada de esto y podemos constatarlo en los evangelios. Al contrario, actuaba con diligencia siempre y en todo, tenía pleno dominio de sí mismo, sabía perfectamente lo que buscaba, conocía sus capacidades y también sus límites como ser humano; amaba profundamente a las personas, pero era capaz de dilucidar sus intenciones, de tal manera que  no se dejaba doblegar por los halagos ni tampoco por las intimidaciones.

Jesús era una persona totalmente libre, actuaba en todo con plena libertad, y quería (quiere), que todos nosotros lo seamos también, porque somos hijos de Dios, quien nos creó inteligentes y libres. Por eso, Jesús nos invita hoy a poner nuestros ojos en él, a mirar detenidamente su modo de ser y de actuar, para que lo imitemos, cada uno según su situación particular.

La humildad y la mansedumbre, que podemos ver claramente en todas las actuaciones de Jesús, desde el mismo momento de su encarnación, y hasta su muerte en la cruz, hicieron de él una persona especial, un ser humano excelente, lleno de armonía y de paz; un ser humano que vivió toda su vida en el pleno ejercicio de susfacultades humanas, y que murió con dignidad, como dueño absoluto de sí mismo, a pesar de haber sido condenado a la pena más dolorosa, humillante y destructiva de su tiempo.

Pensemos en estas palabras que Jesús nos dice a cada uno. Examinemos a su luz, nuestro ser y nuestro actuar.

  • ¿Podemos decir también nosotros que tenemos un  corazón humilde y manso, como el corazón amoroso de Jesús?
  • ¿O por el contrario, somos engreídos, orgullosos, malgeniados, difíciles de tratar?
  • ¿Qué vamos a hacer a partir de hoy para cambiar esto que somos y que no se corresponde con nuestro ser de cristianos?

Jesús quiere hacernos personas nuevas cada día, pero necesita nuestra colaboración, nuestra participación directa y clara en ello, para poder lograrlo, porque no nos impone nada y acepta nuestras decisiones.

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“Les aseguro  también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde  estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18, 19-20)

La fe cristiana no se vive independientemente, cada uno por su lado y a su manera, como muchas personas piensan y hacen. La fe cristiana se vive unidos a otros, en comunidad, en familia.

Fue el deseo de Jesús desde el comienzo de su Vida pública, cuando empezó a llamar a sus discípulos, y conformó con ellos el grupo de los Doce.  De los Doce nació la Iglesia, familia de Dios, comunidad de salvación, que hace presente a Jesús en todos los lugares de la tierra y en todas las épocas de la historia.

Nadie puede ser verdadero discípulo y misionero de Jesús, solo, aislado de los demás creyentes. ¿Por qué?… Pues, simplemente, porque Dios mismo nos da el don de la fe, siempre por intermedio de otras personas: en la mayor parte de los casos, nuestros padres, pero también, por medio de los familiares, los amigos, y algunas veces, no pocas, por medio de personas desconocidas, cuyo ejemplo de vida se hace significativo para nosotros.

Una vez recibimos el don de la fe, en el Bautismo, y a medida que esta fe va creciendo y madurándose, nuestra relación con Dios tiene – exige -. momentos de profunda intimidad, en los que cada uno de nosotros entra en el interior de su corazón y establece un diálogo personal con el Señor; un diálogo de amor, como el diálogo de un amante con su amada.  Pero esta relación necesita también fortalecerse y afirmarse, abriéndose a los demás creyentes, en momentos de oración y de celebración, activa y ferviente, en los que se vive el compartir. Ambos momentos son necesarios, y no se pueden sustituír ni reemplazar.

  • En la oración personal tenemos una comunicación directa con Dios, un tú a tú, que nos permite profundizar en su conocimiento y en el conocimiento de su Voluntad de amor para con nosotros, y también, confrontar nuestra vida personal con las enseñanzas y el ejemplo de Jesús, a quien debemos seguir y anunciar fervorosamente.
  • En la oración comunitaria unimos nuestro corazón al de otros creyentes, para alabar juntos a Dios por su inmensa grandeza y su bondad infinita; para darle gracias por todo lo que nos ha dado; y para pedirle los bienes materiales y espirituales que necesitamos nosotros y todos los hombres y mujeres del mundo.

Cuando sólo oramos personalmente, nos estamos privando de la riqueza que tiene la diversidad, y el inmenso valor del compartir con quienes, viviendo circunstancias diferentes a las nuestras, tienen nuestra misma fe, aman lo mismo que nosotros amamos, esperan lo mismo que nosotros esperamos.

Cuando sólo oramos en comunidad, nos estamos privando de lo maravilloso que es estar a solas con Dios,  tenerlo “todo” para nosotros, adentrarnos en su misterio íntimo, en la profundidad de su amor, en su infinita bondad, en su inmensa majestad; poder contarle lo que nos preocupa personalmente, confiarle nuestros secretos, manifestarle nuestros más grandes anhelos.

Entreguemos a Jesús nuestra oración pobre e imperfecta, y pidámosle la gracia de aprender a orar de verdad, de tal modo que la oración cambie nuestra vida como debe cambiarla, y lleguemos a ser los discípulos misioneros que él espera que seamos.

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