SOBRE SÍ MISMO

El Evangelio según san Juan, pone en labios de Jesús una serie de frases sobre sí mismo, que se constituyen para nosotros en una fuente inagotable de reflexión y de oración sobre su persona. Aquí están algunas de ellas. Te invito para que las leas y te dejes penetrar por ellas.

“Yo soy el Pan de Vida.  El que viene a mí jamás tendrá hambre;  el que cree en mí jamás tendrá sed”. (Juan 6, 34)

No importa quiénes seamos, ni cómo seamos.

No importa los bienes que tengamos, ni el lugar que ocupemos en la sociedad.

Lo único que importa es que Jesús sea parte integrante de nuestra vida.

Que lo coloquemos en el centro de nuestra cotidianidad.

Que acudamos a él, con total confianza, en todas nuestras necesidades.

“Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida”. (Juan 8, 12)

Jesús ilumina la realidad del mundo y nuestra propia realidad, con su presencia constante a nuestro lado.

Cada acontecimiento, cada circunstancia.

Cada cosa que hacemos, cada palabra que decimos.

Cada pensamiento que se cruza por nuestra mente.

Con su luz, brillante y cálida, Jesús da pleno sentido a nuestro ser y a nuestro quehacer.

“Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará;  podrá entrar y salir, y encontrará su alimento”. (Juan 10, 9)

Con Jesús lo tenemos todo. Sin él no tenemos nada.

Con Jesús lo podemos todo. Sin él no podemos nada.

Él es nuestra fuerza.

Él es nuestro guía.

Él es nuestra seguridad.

“Yo soy el buen Pastor.  El buen Pastor da su vida por las ovejas”.  (Juan 10,11)

El amor de Jesús por nosotros no tiene comparación con ningún otro amor.

Es un amor capaz hasta de los mayores sacrificios.

Un amor que se entrega, en absoluta donación.

Un amor gratuito y total, sin límites ni condiciones.

“Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer”.   (Juan 15, 5)

Nuestro ser y nuestra vida, crecen y se desarrollan, en la medida en que sabemos permanecer unidos a Jesús.

Unidos vitalmente, es decir, “incrustados” en él.

Sintiendo el palpitar de su corazón en el nuestro.

Dejando correr por nuestras venas su sangre redentora.

Haciendo realidad sus enseñanzas de amor y de perdón.

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.  Nadie va al Padre, sino por mí”.  (Juan 14, 5)

Si queremos llegar a Dios, tenemos que pasar necesariamentepor Jesús.

Jesús nos revela la gloria de Dios.

Jesús nos hace presente y actuante su amor misericordioso.

Jesús es el rostro humano del Dios que vive eternamente.

Jesús es Dios mismo que nos ama hasta el extremo.

“Yo soy la Resurrección y la Vida.  El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás”. (Juan 11, 25-26)

Jesús es la promesa cumplida de Dios.

En él están nuestra alegría y nuestra esperanza.

Él es nuestro anhelo de vida y de felicidad eterna.

Él es nuestra paz.

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Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.” (Juan 10, 7-10)

“Vida en abundancia”; eso es lo que nos da Jesús Resucitado, lo que nos comunica cuando lo buscamos con entusiasmo y alegría; cuando nos acercamos a él con la mejor disposición, para escucharlo, para acogernos a su amor siempre presente, para aprender de él la bondad, la justicia, la misericordia, la fraternidad, el servicio.

Jesús Resucitado nos comunica una Vida nueva; una Vida distinta, especial; una Vida muy superior a la mera vida biológica, que nos permite respirar, comer, dormir, trabajar, multiplicarnos. Jesús resucitado nos comunica una vida que es su misma Vida, absolutamente renovada por Dios en la resurrección; una Vida eterna, que empezamos a vivir aquí, en este mundo, y que no tendrá fin, aunque un día, irremediablemente, tengamos que morir.

“Yo he venido para que tengan Vida y la tengan en abundancia”.  Jesús nos comunica su Vida, nos da su Vida, a manos llenas, sin tacañería, porque es infinitamente generoso; porque quiere que seamos felices como él es feliz; porque desea compartir con nosotros todo lo que él es y todo lo que él tiene; porque anhela que podamos sentirnos de verdad, hijos e hijas de Dios y hermanos entre nosotros, libres de todo lo que nos esclaviza, de todo lo que nos daña. Jesús nos comunica su Vida, porque busca que seamos hombres y mujeres en plenitud, como quiere Dios Padre que seamos, desde el principio de los tiempos, cuando nos creó.

Jesús Resucitado nos comunica su Vida nueva, la que le dio el Padre cuando después de su muerte en la cruz, lo rescató del sepulcro. Pero para tener esta Vida tenemos que abrir nuestro corazón a él y a los dones que nos trae; recibirlos y acogerlos con espíritu gozoso y entusiasta; ser personas disponibles para Dios, y muy generosas, como Jesús mismo lo fue.

Vivir la nueva Vida que Jesús Resucitado nos comunica, es:

  • Mantenernos en la conciencia de que Dios es el dueño de nuestro ser, y que todo lo que pensamos, decimos y  hacemos debe conducirnos a Él, unirnos a Él, con lazos indisolubles;
  • Sentirnos amados por Dios con un amor imposible de medir y también de olvidar; y actuar siempre y en todo, conforme a este amor, que es el más maravilloso que podemos recibir;
  • Ser verdaderos y justos en todo lo que hacemos y decimos;
  • Actuar siempre con libertad, siguiendo sus enseñanzas y su ejemplo.

Vivir la nueva Vida que Jesús Resucitado nos comunica, es:

  • Sentirnos hijos muy amados de Dios y hermanos de todos los hombres y mujeres del mundo, y actuar como tales, haciendo realidad la filiación, la fraternidad, la solidaridad, el compartir, la misericordia y la compasión, en nuestros pensamientos, palabras y acciones de cada día.

Vivir la nueva Vida que Jesús Resucitado nos comunica, es:

  • Ser profetas de la humildad y del servicio, del amor y la paz, de la fe y la  esperanza, en un mundo en el que también se hace presente el mal, que busca a toda costa, conducirnos por caminos de muerte.

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“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo…  Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él” (Juan 6, 51.55-56).

Eucaristía: carne y sangre de Jesús, comida y bebida de salvación y de vida eterna.

Eucaristía: presencia real, viva y eficaz, de Jesús Resucitado en medio de nosotros, con nosotros y para nosotros.

Eucaristía: Jesús que viene a nuestro corazón y a nuestra vida, nos llena de su amor, y nos fortalece para que comencemos a ser hombres y mujeres nuevos, compasivos y misericordiosos, justos y veraces, como él.

La Eucaristía es humildad de Dios, que se entrega revestido de pan y de vino, para ser comido y bebido por nosotros.

La Eucaristía es generosidad de Dios, que busca la manera de permanecer a nuestro lado para acompañarnos en el largo camino que hemos emprendido.

La Eucaristía es amor infinito de Dios, que permanece cerca de nosotros, amándonos, aunque muchas veces – tal vez la mayoría – no nos demos cuenta de ello.

La Eucaristía y la Encarnación están íntimamente relacionadas.

En la Encarnación, Dios se hace carne de nuestra carne, y se viene a vivir entre nosotros, compartiendo enteramente lo que somos, incluyendo nuestra fragilidad.

En la Eucaristía, Jesús, que es Dios-con-nosotros, se reviste de pan y de vino, para hacer permanente su presencia a nuestro lado, y para penetrar nuestra intimidad dándosenos como alimento.

La Encarnación es el comienzo de una larga historia de amor entre Dios y sus criaturas, que se prolonga en el tiempo y en el espacio por la Eucaristía, que lo hace cercano a los hombres y mujeres de todas las etapas de la historia y de todos los lugares de la tierra.

En la Eucaristía, que prolonga y actualiza su presencia, Jesús sigue amándonos, hablándonos, escuchándonos, apoyándonos, guiándonos. Es Dios, es maestro, es amigo, es hermano, es médico, es modelo, es libertador.

En la Eucaristía, que lo hace contemporáneo de todos los hombres y mujeres de la historia, Jesús sigue actuando en favor nuestro, con la misma diligencia y oportunidad que lo hacía cuando estaba en el mundo.

Acudamos a él… Visitémoslo en el sagrario de cuaquier iglesia…

Aceptemos su invitación y participemos de la Eucaristía con tanta frecuencia como nos sea posible…

Recibámoslo con alegría en nuestro corazón acercándonos a comulgar…

Alabémoslo por su gran bondad…

Démosle gracias por haberse quedado con nosotros de una forma tan humilde y cercana…

Abrámosle nuestro corazón…

Pongamos en sus manos todas nuestras necesidades materiales y espirituales…

Confiémosle nuestra vida entera…

Reparemos con nuestro amor y nuestra oración, las ofensas que ha recibido en este sacramento…

 

 

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